viernes, 2 de septiembre de 2016

Hoy, en El País

Al rescate del último Moyano: aquí.

Web de Territorio Moyano: aquí.

Y nos permitimos traer hoy una viñeta (publicada por El País el 4 de junio de 2012) de El Roto, el gran Roto, un ser humano que debía ser clonado si de verdad pensamos que tenemos la más mínima posibilidad de regeneración.
 

miércoles, 31 de agosto de 2016

«Estaba viva de nuevo. En los bailes era una de las más alegres e incansables. Una noche, un primo de Sasha, un muchacho muy joven, me llevó aparte. Con gravedad, como si fuera a anunciarme la muerte de un compañero querido, me susurró que bailar no era propio de un agitador. Al menos, no con ese abandono. Era indigno de una persona que estaba en camino de convertirse en alguien importante en el movimiento anarquista. Mi frivolidad sólo haría daño a la Causa.
La insolencia del muchacho me puso furiosa. Le dije que se metiera en sus asuntos, estaba cansada de que me echaran siempre en cara la Causa. No creía que una Causa que defendía un maravilloso ideal, el anarquismo, la liberación de las convenciones y los prejuicios, exigiera la negación de la vida y la felicidad. Insistí en que la Causa no podía esperar de mí que me metiera a monja y que el movimiento no debería ser convertido en un claustro. Si significaba eso, no quería saber nada de ella. “Quiero libertad, el derecho a expresarme libremente, el derecho de todos a las cosas bellas”. Eso significaba anarquismo para mí, y lo viviría así a pesar del mundo entero, de la cárcel, de las persecuciones, de todo.»
        
Emma Goldman, Viviendo mi vida (traducción Antonia Ruiz Cabezas), vol. 1, Madrid, Fundación de estudios libertarios Anselmo Lorenzo, 1996
 

domingo, 21 de agosto de 2016


Padre nuestro que estás en el cielo
Lleno de toda clase de problemas
Con el ceño fruncido
Como si fueras un hombre vulgar y corriente
No pienses más en nosotros.

Comprendemos que sufres
Porque no puedes arreglar las cosas.

Sabemos que el Demonio no te deja tranquilo
Desconstruyendo lo que tú construyes.

Él se ríe de ti
Pero nosotros lloramos contigo:
No te preocupes de sus risas diabólicas.

Padre nuestro que estás donde estás
Rodeado de ángeles desleales
Sinceramente: no sufras mas por nosotros
Tienes que darte cuenta
De que los dioses no son infalibles
Y que nosotros perdonamos todo.
           
«Padre nuestro», en Obra gruesa (1969)
                    

jueves, 18 de agosto de 2016

Antonio Machado, El crimen fue en Granada. A Federico García Lorca.
             
1. El crimen
                               
Se le vio, caminando entre fusiles, ...
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—
... Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.

               
2. El poeta y la muerte
                 
Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a su guadaña.
—Ya el sol en torre y torre, los martillos
en yunque— yunque y yunque de las fraguas.
Hablaba Federico,
requebrando a la muerte. Ella escuchaba.
«Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban...
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!»
                       
3. Se le vio caminar...
                           
                        Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

martes, 9 de agosto de 2016

A vueltas con





«[…] convendría aceptar de una vez por todas que la problemática de la lectura tiene que ver con la sociedad en su totalidad, y no sólo con alguno de sus estamentos más simbólicos: familia, escuela, biblioteca, universidad.
     Los valores de la sociedad actual ya no son los valores de hace medio siglo. La sociedad posmoderna tiene características que marcan incompatibilidades con los valores propios de la cultura y escuela humanista. Y esto, que teóricamente es muy fácil de aceptar, no lo es en la práctica. El hecho de que prolifere un discurso fundamentalista, anclado en un trasnochado humanismo, lo demuestra un día sí y otro también.
[…]
Sería bueno plantear y analizar el papel público del humanismo, lo cual, entre otras cosas, llevaría a replantearse de forma crítica el significado social del conocimiento en una época en la que toda idea se instrumentaliza en beneficio corporativista, o, muchísimo peor, se demoniza o se incrimina mediáticamente porque pertenece al otro bando, a los otros, a los que van en otra dirección (cuando lo normal es que nadie vaya a ningún lugar, a no ser que este lugar se llame complejidad).
     Pero mucho me temo que sigamos instalados en un potente maniqueísmo que sigue considerando que en la ciencia, la realidad y su objetivo es el mundo, mientras que en las humanidades las realidad es el hombre y sus preocupaciones, inmanentes o trascendentes.»
                                             
Víctor Moreno, La manía de leer, Caballo de Troya, 2009


viernes, 5 de agosto de 2016

Trece rosas, La voz dormida



«La mujer que iba a morir se llamaba Hortensia. Tenía los ojos oscuros y no hablaba nunca en voz alta. Sólo cuando la risa le llenaba la boca, se le escapaba u Ay madre mía de mi vida que aún no había aprendido a controlar, y lo repetía casi a gritos sujetándose el vientre. Se pasaba gran parte del día escribiendo en un cuaderno azul. Llevaba el cabello largo, anudado en una trenza que le recorría la espalda, y estaba embarazada de ocho meses.
     Ya se había acostumbrado a hablar en voz baja, con esfuerzo, pero se había acostumbrado. Y había aprendido a no hacerse preguntas, a aceptar que la derrota se cuela en lo hondo, en lo más hondo, sin pedir permiso y sin dar explicaciones. Y tenía hambre, y frío, y le dolían las rodillas, pero no se podía parar de reír.
     Reía.
 
     Reía porque Elvira, la más pequeña de sus compañeras, había rellenado un guante con garbanzos para hacer la cabeza de un títere, y el peso le impedía manipularlo. Pero no se rendía. Sus dedos diminutos luchaban con el guante de lana, y su voz, aflautada para la ocasión, acompañaba la pantomima para ahuyentar el miedo.
 
     El miedo de Elvira. El miedo de Hortensia. El miedo de las mujeres que compartían la costumbre de hablar en voz baja. El miedo en sus voces. Y el miedo en sus ojos huidizos, para no ver la sangre. Para no ver el miedo, huidizo también, en los ojos de sus familiares».
                             
Dulce Chacón, La voz dormida, Madrid, Alfaguara, 2002

 
 

Trece rosas, La voz dormida



«La mujer que iba a morir se llamaba Hortensia. Tenía los ojos oscuros y no hablaba nunca en voz alta. Sólo cuando la risa le llenaba la boca, se le escapaba u Ay madre mía de mi vida que aún no había aprendido a controlar, y lo repetía casi a gritos sujetándose el vientre. Se pasaba gran parte del día escribiendo en un cuaderno azul. Llevaba el cabello largo, anudado en una trenza que le recorría la espalda, y estaba embarazada de ocho meses.
     Ya se había acostumbrado a hablar en voz baja, con esfuerzo, pero se había acostumbrado. Y había aprendido a no hacerse preguntas, a aceptar que la derrota se cuela en lo hondo, en lo más hondo, sin pedir permiso y sin dar explicaciones. Y tenía hambre, y frío, y le dolían las rodillas, pero no se podía parar de reír.
     Reía.
 
     Reía porque Elvira, la más pequeña de sus compañeras, había rellenado un guante con garbanzos para hacer la cabeza de un títere, y el peso le impedía manipularlo. Pero no se rendía. Sus dedos diminutos luchaban con el guante de lana, y su voz, aflautada para la ocasión, acompañaba la pantomima para ahuyentar el miedo.
 
     El miedo de Elvira. El miedo de Hortensia. El miedo de las mujeres que compartían la costumbre de hablar en voz baja. El miedo en sus voces. Y el miedo en sus ojos huidizos, para no ver la sangre. Para no ver el miedo, huidizo también, en los ojos de sus familiares».
Dulce Chacón, La voz dormida, Madrid, Alfaguara, 2002

 
 


«La mujer que iba a morir se llamaba Hortensia. Tenía los ojos oscuros y no hablaba nunca en voz alta. Sólo cuando la risa le llenaba la boca, se le escapaba u Ay madre mía de mi vida que aún no había aprendido a controlar, y lo repetía casi a gritos sujetándose el vientre. Se pasaba gran parte del día escribiendo en un cuaderno azul. Llevaba el cabello largo, anudado en una trenza que le recorría la espalda, y estaba embarazada de ocho meses.
     Ya se había acostumbrado a hablar en voz baja, con esfuerzo, pero se había acostumbrado. Y había aprendido a no hacerse preguntas, a aceptar que la derrota se cuela en lo hondo, en lo más hondo, sin pedir permiso y sin dar explicaciones. Y tenía hambre, y frío, y le dolían las rodillas, pero no se podía parar de reír.
     Reía.
 
     Reía porque Elvira, la más pequeña de sus compañeras, había rellenado un guante con garbanzos para hacer la cabeza de un títere, y el peso le impedía manipularlo. Pero no se rendía. Sus dedos diminutos luchaban con el guante de lana, y su voz, aflautada para la ocasión, acompañaba la pantomima para ahuyentar el miedo.
 
     El miedo de Elvira. El miedo de Hortensia. El miedo de las mujeres que compartían la costumbre de hablar en voz baja. El miedo en sus voces. Y el miedo en sus ojos huidizos, para no ver la sangre. Para no ver el miedo, huidizo también, en los ojos de sus familiares».
Dulce Chacón, La voz dormida, Madrid, Alfaguara, 2002

 
 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Conversar libros

Nos gustan los libros de viejo porque cuentan la historia escrita y la historia de quienes lo leyeron. Por eso, Javier, el librero, colecciona las notas, estampas, puntos de lectura, billetes —de metro, de autobús, de tren...—, fotografías, etc. que, a veces, aparecen entre sus hojas. Y, aunque es un chasco comercial, reconocemos que también nos gustan los libros subrayados y anotados. Amados, conversados. No se venden, pero consuelan.
 
Por eso, con ojo cómplice, nos han gustando tanto estos párrafos de Señales de humo. Manual de literatura para caníbales I de Rafael Reig (lectura que recomendamos vivamente, por cierto):
«[…] Petrarca también inventó una nueva manera de leer. Petrarca leía con pasión, discutiendo con el autor (a veces por escrito, en los márgenes), charlando con él, apropiándose del libro por completo. La copia de Virgilio que le regaló su padre la conservó toda la vida y tuvo con ese manuscrito una relación más íntima que con cualquier ser vivo. En él anotaba, no sólo su reacción ante el texto, sino lo que le pasaba, sus estados de ánimo y esas confesiones que sólo se le hacen al amigo más íntimo. Este Virgilio que se conserva en la Biblioteca Ambrosiana (signatura A79 inf.) fue el único confidente de Petrarca. En el códice, tan grande y pesado como una maleta, hay más de dos mil quinientas anotaciones en latín, unas eruditas, otras sentimentales, algunas pintorescas. Todos sus libros (y llegó a poseer la mayor biblioteca privada de su tiempo) están llenos de apostillas, comentarios y ocurrencias. Si un clásico habla de un hombre muy fuerte, Petrarca, como si estuviera charlando con él, anota al margen que él vio de niño a uno que levantó en vilo una carreta cargada de heno. Si un geógrafo menciona Aviñón, deja constancia de la casualidad, tan grata y sorprendente, de que él, mientras leía eso, ¡estaba precisamente en Aviñón! Si un autor menciona una práctica sexual insólita, le pregunta a pie de página, con letra temblorosa, si eso no dolerá demasiado.
[…]
La lectura se convierte así en una experiencia, un acto que modifica a quien lee y en igual medida modifica lo escrito, como en el caso de la imitatio. Los libros nos cambian y nuestra lectura cambia los libros, por más que en este triste siglo pocos consigan prolongar esta relación apasionada con los libros más allá de la primera juventud, cuando, como hacían mis estudiantes de Manoteras, uno lee como si le fuera la vida en ello. Y les va […]»
Rafael Reig, Señales de humo. Manual de literatura para caníbales I, Barcelona, Tusquets, 2016
 

Biblioteca Ambrosiana (Milán, Italia)
 

Petrarca por De Andrea del Castagno


Virgilio
 

 
 
 

viernes, 22 de julio de 2016

No me resigno. Y sigo y sigo. Y si
caigo, gozosamente en pie, prosigo
y sigo. Si queréis seguirme,
ahincad el paso y escuchar el mío.

Eché la noche por la borda. Al borde
del vértigo, viré y cambié de sitio.
Hoy hilo, hilo a hilo, la esperanza
a ojos cerrados, sin perder el hilo.

Allá voy voceando paz (a pasos
agigantados, avanzando a brincos
incontenibles). Si queréis seguirme,
ésta es mi mano y ése es el camino.

Blas de Otero, «Virante», en Ancia, Madrid, Visor, 2000

sábado, 16 de julio de 2016

El gran inquisidor
 
Señor, guarde silencio o le cerramos la boca
de un latigazo.
Se la inutilizaremos bajo el hierro candente.
Con las tenazas de la Ley retorceremos su lengua.

No nos haga llegar a los extremos.
Guarde silencio. Cállese. No hable.
Al Juez no se le juzga.
Él imparte Justicia, decide todo.
Es la Mente que piensa por nosotros.

En cambio usted no es nadie, no sabe nada.
Se llama simplemente el acusado.
Qué soberbia aspirar a defenderse.

¿Supone que en el valle de Josafat
se atrevería a increpar a Dios Padre
por la forma tan justa en que creó este mundo?

¿Se da usted cuenta? Es el culpable de un crimen.
No sabrá cuál, no sabrá cuál,
morirá sin saberlo.
Debe pagar por ello. Y de qué manera.

No, no: no abra la boca. No interrumpa.
Respete al Juez y su Alta Investidura.
Es la Ley, se halla aquí para juzgarlo.
Está en peligro de volverse reo
de Lesa Majestad. Acepte y calle.

¿Desea, señor, que pierda la paciencia?
No me obligue a salir de mis cabales.
Añadiré a su cuenta de pecados
el delito nefando de blasfemia.

No me venga con cuentos de derechos humanos.
Usted ya no es humano: es el enemigo.
Vea en esta faramalla un pretexto formal
que disimula y cubre el expediente.

Dentro de unos instantes ofrendaremos su cuerpo
en el altar del Bien, la Bondad y el Orden Fraterno.


José Emilio Pacheco, El silencio de la luna, Valencia, Pre-textos, 2003

viernes, 15 de julio de 2016

«Piensa ahora don Gumersindo, en las postrimerías de su jubilación, que el mundo nació degenerado y putrefacto, pero admite que a los veinte años toda persona abriga el convencimiento de que el mundo ha de mejorar, de que camina hacia su arreglo definitivo e incluso considera que el destino de la juventud no es otro que colaborar en la reparación. Probablemente, dice, la cima de la madurez coincida con el deslumbramiento fatal de lo irremediable, con el luminoso panorama de la desolación humana definitiva […]»

Gonzalo Hidalgo Bayal, El espíritu áspero, Barcelona, Tusquets, 2009

 
 
El profesor Hidalgo Bayal mantiene desde hace años un interesantísimo blog: aquí.

jueves, 14 de julio de 2016


En Zenda, Miguel Munárriz publica un artículo titulado 101 libros para leer antes de morir. No tengamos en cuenta la hipérbole tumbafílica (en ambos sentidos) y hagamos nuestra propia lista. Es un buen ejercicio veraniego.
«No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido. Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona, raro el vínculo que no se enreda o anuda, y así acaba apretando y hay que tirar de navaja o de filo para cortarlo».

Javier Marías, Tu rostro mañana (1. Fiebre y lanza)

miércoles, 13 de julio de 2016

«Ahora me muero, pero tengo muchas cosas que decir todavía. Estaba en paz conmigo mismo. Mudo y en paz. Pero de improviso surgieron las cosas. Ese joven envejecido es el culpable. Yo estaba en paz. Ahora no estoy en paz. Hay que aclarar algunos puntos. Así que me apoyaré en un codo y levantaré la cabeza, mi noble cabeza temblorosa, y rebuscaré en el rincón de los recuerdos aquellos actos que me justifican y que por lo tanto desdicen las infamias que el joven envejecido ha esparcido en mi descrédito en una sola noche relampagueante. Mi pretendido descrédito. Hay que ser responsable. Eso lo he dicho toda mi vida. Uno tiene la obligación moral de ser responsable de sus actos y también de sus palabras e incluso de sus silencios, sí, de sus silencios, porque también los silencios ascienden al cielo y los oye Dios y sólo Dios los comprende y los juzga, así que mucho cuidado con los silencios».
 
Roberto Bolaño, Nocturno de Chile, Barcelona, Anagrama, 2000.

 

miércoles, 6 de julio de 2016

 
Hoy, Alimar Martínez estará en #PoesíaOBarbarie invitada por Territorio Moyano leyendo poemas de David González, Ana Pérez Cañamares y Antonio Orihuela

 
Territorio Moyano es un proyecto impulsado por la Dirección General de Bibliotecas, Exposic...iones y Museos para el fomento de la dinamización lectora en la Cuesta de Moyano. Un experimento que se pregunta sin límites creativos “¿Cómo podría ser una calle de Madrid dedicada a los libros y a la lectura?”. Desde 1925 la Cuesta de Moyano es un caso único en el Mundo como calle completamente dedicada a una sola actividad, la compraventa de libros. Territorio Moyano invita a Alicia Martínez Martínez, y nosotros con muchas ganas de escucharla. Estarán desarrollando también los talleres de Collage (Sociedad de Collage de Madrid) y Fanzine (Jose Quintanar) desde las 17h.
 



martes, 5 de julio de 2016

Mañana, miércoles 6, a las 20:00 h., en la Cuesta de Moyano

 
II Aniversario Poesía o Barbarie
 

ENTRADA GRATUITA

Invita a tus colegas al evento, que se entere todo el mundo.

Miércoles 6 Julio / Cuesta Moyano (Veranos de la Villa) / MARWAN, Adriana Bañares, Carlos Salem Sola, Rayden, Alimar Martínez X Territorio Moyano.

 

sábado, 2 de julio de 2016

De bares y librerías

¿A que cuando ustedes entran en un bar se piden una caña, o un refresco, o un café, o un pincho de tortilla o un montado de queso o una infusión o...? ¿A que sí? ¿A que cuando entran en un bar hacen eso? ¿A que no entran a ver -o fotografiar- una caña, o un refresco , ni a ver -o fotografiar- un café, un pincho de tortilla, un montado de queso, una infusión, un bocadillo de calamares, una clara con limón, un tinto de verano o a fotografiar a los camareros?

Pues en las librerías, como en los bares. A los libreros nos gustaría que no entraran sólo a vernos (que también), sino que, de vez en cuando, aunque sólo sea para que en la siguiente ocasión en la que usted viniera a vernos pudiéramos seguir abiertos, se llevaran -previo pago, eso sí- uno de los libros de nuestras estanterías.

Que no es demagogia, que no, que es que esto funciona así.

Por si acaso alguien, o unos cuantos, o unos miles piensan que soy un listo por el argumento que les he dado, quiero decir que yo, librero, desayuno todos los días es un bar de mi barrio, y como en ese mismo bar también cada día y suelo tomarme un refresco o una caña también cada día. Y si no llego dinero en ese momento, Marisa, la sueña del bar, me fía. Y al día siguiente, le pago; y no sólo eso, sino que, si puedo, y en señal de agradecimiento,  sin apetecerme mucho, pues me pido algo más para que Marisa haga caja. Y pueda abrir al día siguiente y al siguiente y así. Porque la caja del día (Marisa y yo como tenderos que somos lo sabemos) se hace de poquito en poquito. Porque en los bares, salvo excepciones, nadie se gasta mucho dinero.

Y es ahora cuando volvemos a las librerías.

¿A que os gusta la mía? Las fotos de Marx, la de Pasionaria con el padre Llanos, mi bandera republicana y la bandera con el lema del Atlético de Madrid: Coraje y corazón. Incluso los que no sois ni marxistas, ni republicanos, ni del Atleti. Salvo algún comentario propio de ideologías rancias y altamente casposas, nadie se ha sentido ofendido por mis señas de identidad. ¿Y sabéis por qué? Porque las tengo ahí porque forman parte de mí, configuran a Javier, librero de Moyano. Sin ánimo de ofender a nadie.

Pues bien, si además de pareceros bonita mi librería, pasquines aparte, y algunos de mis libros os resultan interesantes, os gusta cómo los coloco o, por lo que sea, vais a tener que rascaros un poco el bolsillo, un poco sólo, como hago yo cuando entro en el bar de Marisa, porque es la única forma de que Velintonia libros siga abierta.

Los que me conocéis bien sabéis de mis profundas convicciones antirreligiosas, radicalmente ateas, vamos. ¿Que por qué digo esto? Porque el Dios en quien todavía unos cuantos de vosotros creéis no va a venir a salvarme el culo ni, por supuesto, a comprarme ningún libro.

En estos tiempos en que me ha tocado vivir, que por tantas y tantas razones no me gustan, la responsabilidad de que los pequeños bares, las pequeñas librerías, las tiendas de barrio, eso que hemos dado en llamar pequeño comercio, no cierren; la responsabilidad, digo, es nuestra y sólo nuestra.

En el caso de la Cuesta de Moyano, no podéis permitiros el lujo de mirar para otro lado porque vuestra vida será un poco, sólo un poco, más triste si nosotros no estamos.

Yo, que ando liado conmigo mismo, con mis contradicciones, con mis demonios, cuando vengo de vacaciones a mi pueblo de adopción, como ahora mismo, en este instante, me gusta ir al bar de Rubén a desayunar, al de Teresa a comer (es el mismo), al chigre a tomarme una caña y, por supuesto, cuando me dejo caer por Luarca, en todos y cada uno de los viajes que he hecho a Asturias, voy a ver a los libreros de la localidad y no salgo de su librería sin un par de libros bajo el brazo. Porque cuando vuelva, en unas semanas, en unos meses, quiero que siga ahí, abierta, haciéndole frente al mundo absolutamente enloquecido en el que vivimos.

Termino. Esta mañana, una de las veces que he hablado con Alicia, hemos empezado y acabado tratando de libros:

Molina, que quiero los Ensayos de Montaigne, que ya te lo había dicho alguna vez, pero que te lo digo otra porque, verás, con esto de los resultados de las elecciones estoy releyendo Discurso de la servidumbre voluntaria de La Boètie y resulta que los dos se conocían y que Montaigne incluyó el Discurso en sus Ensayos y que eran amigos y...

 Vísperas de otro espantoso verano español. El calor acecha y no hay manera humana de escapar. Reconforta hablar de filosofía, de Montagine, de Le Boètie... de libros, de bares, de librerías, de libreros, de gente que vale la pena.

Otro día hablaremos de la gente indecente que lo es por votar a gente que se presenta a elecciones a sabiendas de que son ladrones casi desde la cuna. Eso, en el lenguaje de la administración, es prevaricar. En el lenguaje de la calle es indecencia.

Cadavedo, 28 de junio de 2016

martes, 28 de junio de 2016

«Yo soy un socialista. Sí, señor, un socialista. Y no he leído en mi vida a ese Marx ni a ese Bakunin, ni me interesa un pito. Yo soy un socialista por la misma razón que tú eres un anarquista y Manolo un comunista; porque estamos hartos, hasta la coronilla, de esta cochina vida. Un buen día te pare tu madre, sin que tú te enteres de lo que ha pasado Y cuando  te empiezas a enterar de dónde estás, de lo primero que te enteras es de que padre está sin trabajo, madre esperando un hermanito y el puchero vacío. Te mandan a la escuela a que los frailes te den de comer de limosna, y en cuanto te empinas un poco, antes de que sepas mal leer, dicen que eres ya un hombrecito y te ponen a trabajar… Cuando llegas a hombre, ganas un duro, cinco cochinas pesetas… Pues por todo esto es por lo que soy un socialista, por esta leche agria que durante cuarenta años de su vida se ha tenido que tragar Angelito García, un servidor de Dios y ustedes. Y ahora os voy a decir una cosa. Callaros [sic] ya con Bakunin y Marx y toda esa gentuza. ¡UHP! ¿Sabéis lo que quiero decir? Unión de Hermanos Proletarios. Igual, igual que aquellos tíos de Fuenteovejuna: todos a una. Esto es lo que cuenta. Lo que contáis vosotros son pamplinas que sólo sirven para volverle a uno los sesos y darnos patadas en las espinillas unos a otros. Y mientras, los otros nos sacuden de firme.»
                      
Arturo Barea, La forja de un rebelde, Barcelona, Debate, 2004

La forja de un rebelde es una trilogía compuesta por: La forja (1941), La ruta (1943) y La llama (1946). Mario Camus dirigió en 1990 una versión cinematográfica para televisión que consta de seis capítulos y que pueden ver aquí.
 
 
Ilsa y Arturo Barea