En Zenda, Miguel Munárriz publica un artículo titulado 101 libros para leer antes de morir. No tengamos en cuenta la hipérbole tumbafílica (en ambos sentidos) y hagamos nuestra propia lista. Es un buen ejercicio veraniego.
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jueves, 14 de julio de 2016
sábado, 2 de julio de 2016
De bares y librerías
¿A que cuando ustedes entran en un bar se piden una caña, o un refresco, o un café, o un pincho de tortilla o un montado de queso o una infusión o...? ¿A que sí? ¿A que cuando entran en un bar hacen eso? ¿A que no entran a ver -o fotografiar- una caña, o un refresco , ni a ver -o fotografiar- un café, un pincho de tortilla, un montado de queso, una infusión, un bocadillo de calamares, una clara con limón, un tinto de verano o a fotografiar a los camareros?
Pues en las librerías, como en los bares. A los libreros nos gustaría que no entraran sólo a vernos (que también), sino que, de vez en cuando, aunque sólo sea para que en la siguiente ocasión en la que usted viniera a vernos pudiéramos seguir abiertos, se llevaran -previo pago, eso sí- uno de los libros de nuestras estanterías.
Que no es demagogia, que no, que es que esto funciona así.
Por si acaso alguien, o unos cuantos, o unos miles piensan que soy un listo por el argumento que les he dado, quiero decir que yo, librero, desayuno todos los días es un bar de mi barrio, y como en ese mismo bar también cada día y suelo tomarme un refresco o una caña también cada día. Y si no llego dinero en ese momento, Marisa, la sueña del bar, me fía. Y al día siguiente, le pago; y no sólo eso, sino que, si puedo, y en señal de agradecimiento, sin apetecerme mucho, pues me pido algo más para que Marisa haga caja. Y pueda abrir al día siguiente y al siguiente y así. Porque la caja del día (Marisa y yo como tenderos que somos lo sabemos) se hace de poquito en poquito. Porque en los bares, salvo excepciones, nadie se gasta mucho dinero.
Y es ahora cuando volvemos a las librerías.
¿A que os gusta la mía? Las fotos de Marx, la de Pasionaria con el padre Llanos, mi bandera republicana y la bandera con el lema del Atlético de Madrid: Coraje y corazón. Incluso los que no sois ni marxistas, ni republicanos, ni del Atleti. Salvo algún comentario propio de ideologías rancias y altamente casposas, nadie se ha sentido ofendido por mis señas de identidad. ¿Y sabéis por qué? Porque las tengo ahí porque forman parte de mí, configuran a Javier, librero de Moyano. Sin ánimo de ofender a nadie.
Pues bien, si además de pareceros bonita mi librería, pasquines aparte, y algunos de mis libros os resultan interesantes, os gusta cómo los coloco o, por lo que sea, vais a tener que rascaros un poco el bolsillo, un poco sólo, como hago yo cuando entro en el bar de Marisa, porque es la única forma de que Velintonia libros siga abierta.
Los que me conocéis bien sabéis de mis profundas convicciones antirreligiosas, radicalmente ateas, vamos. ¿Que por qué digo esto? Porque el Dios en quien todavía unos cuantos de vosotros creéis no va a venir a salvarme el culo ni, por supuesto, a comprarme ningún libro.
En estos tiempos en que me ha tocado vivir, que por tantas y tantas razones no me gustan, la responsabilidad de que los pequeños bares, las pequeñas librerías, las tiendas de barrio, eso que hemos dado en llamar pequeño comercio, no cierren; la responsabilidad, digo, es nuestra y sólo nuestra.
En el caso de la Cuesta de Moyano, no podéis permitiros el lujo de mirar para otro lado porque vuestra vida será un poco, sólo un poco, más triste si nosotros no estamos.
Yo, que ando liado conmigo mismo, con mis contradicciones, con mis demonios, cuando vengo de vacaciones a mi pueblo de adopción, como ahora mismo, en este instante, me gusta ir al bar de Rubén a desayunar, al de Teresa a comer (es el mismo), al chigre a tomarme una caña y, por supuesto, cuando me dejo caer por Luarca, en todos y cada uno de los viajes que he hecho a Asturias, voy a ver a los libreros de la localidad y no salgo de su librería sin un par de libros bajo el brazo. Porque cuando vuelva, en unas semanas, en unos meses, quiero que siga ahí, abierta, haciéndole frente al mundo absolutamente enloquecido en el que vivimos.
Termino. Esta mañana, una de las veces que he hablado con Alicia, hemos empezado y acabado tratando de libros:
Molina, que quiero los Ensayos de Montaigne, que ya te lo había dicho alguna vez, pero que te lo digo otra porque, verás, con esto de los resultados de las elecciones estoy releyendo Discurso de la servidumbre voluntaria de La Boètie y resulta que los dos se conocían y que Montaigne incluyó el Discurso en sus Ensayos y que eran amigos y...
Vísperas de otro espantoso verano español. El calor acecha y no hay manera humana de escapar. Reconforta hablar de filosofía, de Montagine, de Le Boètie... de libros, de bares, de librerías, de libreros, de gente que vale la pena.
Otro día hablaremos de la gente indecente que lo es por votar a gente que se presenta a elecciones a sabiendas de que son ladrones casi desde la cuna. Eso, en el lenguaje de la administración, es prevaricar. En el lenguaje de la calle es indecencia.
Cadavedo, 28 de junio de 2016
Pues en las librerías, como en los bares. A los libreros nos gustaría que no entraran sólo a vernos (que también), sino que, de vez en cuando, aunque sólo sea para que en la siguiente ocasión en la que usted viniera a vernos pudiéramos seguir abiertos, se llevaran -previo pago, eso sí- uno de los libros de nuestras estanterías.
Que no es demagogia, que no, que es que esto funciona así.
Por si acaso alguien, o unos cuantos, o unos miles piensan que soy un listo por el argumento que les he dado, quiero decir que yo, librero, desayuno todos los días es un bar de mi barrio, y como en ese mismo bar también cada día y suelo tomarme un refresco o una caña también cada día. Y si no llego dinero en ese momento, Marisa, la sueña del bar, me fía. Y al día siguiente, le pago; y no sólo eso, sino que, si puedo, y en señal de agradecimiento, sin apetecerme mucho, pues me pido algo más para que Marisa haga caja. Y pueda abrir al día siguiente y al siguiente y así. Porque la caja del día (Marisa y yo como tenderos que somos lo sabemos) se hace de poquito en poquito. Porque en los bares, salvo excepciones, nadie se gasta mucho dinero.
Y es ahora cuando volvemos a las librerías.
¿A que os gusta la mía? Las fotos de Marx, la de Pasionaria con el padre Llanos, mi bandera republicana y la bandera con el lema del Atlético de Madrid: Coraje y corazón. Incluso los que no sois ni marxistas, ni republicanos, ni del Atleti. Salvo algún comentario propio de ideologías rancias y altamente casposas, nadie se ha sentido ofendido por mis señas de identidad. ¿Y sabéis por qué? Porque las tengo ahí porque forman parte de mí, configuran a Javier, librero de Moyano. Sin ánimo de ofender a nadie.
Pues bien, si además de pareceros bonita mi librería, pasquines aparte, y algunos de mis libros os resultan interesantes, os gusta cómo los coloco o, por lo que sea, vais a tener que rascaros un poco el bolsillo, un poco sólo, como hago yo cuando entro en el bar de Marisa, porque es la única forma de que Velintonia libros siga abierta.
Los que me conocéis bien sabéis de mis profundas convicciones antirreligiosas, radicalmente ateas, vamos. ¿Que por qué digo esto? Porque el Dios en quien todavía unos cuantos de vosotros creéis no va a venir a salvarme el culo ni, por supuesto, a comprarme ningún libro.
En estos tiempos en que me ha tocado vivir, que por tantas y tantas razones no me gustan, la responsabilidad de que los pequeños bares, las pequeñas librerías, las tiendas de barrio, eso que hemos dado en llamar pequeño comercio, no cierren; la responsabilidad, digo, es nuestra y sólo nuestra.
En el caso de la Cuesta de Moyano, no podéis permitiros el lujo de mirar para otro lado porque vuestra vida será un poco, sólo un poco, más triste si nosotros no estamos.
Yo, que ando liado conmigo mismo, con mis contradicciones, con mis demonios, cuando vengo de vacaciones a mi pueblo de adopción, como ahora mismo, en este instante, me gusta ir al bar de Rubén a desayunar, al de Teresa a comer (es el mismo), al chigre a tomarme una caña y, por supuesto, cuando me dejo caer por Luarca, en todos y cada uno de los viajes que he hecho a Asturias, voy a ver a los libreros de la localidad y no salgo de su librería sin un par de libros bajo el brazo. Porque cuando vuelva, en unas semanas, en unos meses, quiero que siga ahí, abierta, haciéndole frente al mundo absolutamente enloquecido en el que vivimos.
Termino. Esta mañana, una de las veces que he hablado con Alicia, hemos empezado y acabado tratando de libros:
Molina, que quiero los Ensayos de Montaigne, que ya te lo había dicho alguna vez, pero que te lo digo otra porque, verás, con esto de los resultados de las elecciones estoy releyendo Discurso de la servidumbre voluntaria de La Boètie y resulta que los dos se conocían y que Montaigne incluyó el Discurso en sus Ensayos y que eran amigos y...
Vísperas de otro espantoso verano español. El calor acecha y no hay manera humana de escapar. Reconforta hablar de filosofía, de Montagine, de Le Boètie... de libros, de bares, de librerías, de libreros, de gente que vale la pena.
Otro día hablaremos de la gente indecente que lo es por votar a gente que se presenta a elecciones a sabiendas de que son ladrones casi desde la cuna. Eso, en el lenguaje de la administración, es prevaricar. En el lenguaje de la calle es indecencia.
Cadavedo, 28 de junio de 2016
martes, 28 de junio de 2016
Andan los libreros de Velintonia libros algo tristes y enfadados. Sin embargo, no nos falta nuestro amparo, el refugio de nuestra vapuleada razón, nuestra manera de protección. Nuestro p'alante. Y os recomendamos dos textos:
La servidumbre voluntaria, de Étienne de la Boétie:
«Póngase cincuenta mil hombres para combatir contra otros cincuenta mil; dispóngase la batalla y llegue el momento de acometerse, los unos peleando por su libertad y los otros para arrebatársela; ¿a favor de qué partido se prevé la victoria? ¿Cuáles irán más animosos al combate, los que aspiran al mantenimiento de la libertad en recompensa de sus sacrificios, o los que van a derramar su sangre para vivir en esclavitud? Los primeros fijan la vista en la felicidad de su vida pasada y en la esperanza de un lisonjero porvenir; tienen en nada las privaciones y penalidades inseparables de la guerra, comparándolas con los males que la servidumbre acarrearía a ellos, a sus hijos y a toda su posteridad. A los segundos no hay cosa que los anime salvo una miserable codicia, incapaz de hacer frente al peligro y que nunca puede ser tan ardiente que no la apague una sola gota de sangre manada de sus heridas.»; y
Tratado de la servidumbre liberal. Análisis de la sumisión, de Léon Beauvois:
«[...] habiendo sido infectados los sistemas democráticos por el liberalismo con una forma renovada del virus de la servidumbre voluntaria [...] Las connotaciones un tanto ideales de la palabra democracia parecen fascinarnos lo suficiente como para dispensarnos de realizar una evaluación formal de nuestro funcionamiento político.»
Y un poema de Jaime Gil de Biedma:
Y qué decir de nuestra madre España,
este país de todos los demonios
en donde el mal gobierno, la pobreza
no son, sin más, pobreza y mal gobierno
sino un estado místico del hombre,
la absolución final de nuestra historia?
De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.
Nuestra famosa inmemorial pobreza,
cuyo origen se pierde en las historias
que dicen que no es culpa del gobierno
sino terrible maldición de España,
triste precio pagado a los demonios
con hambre y con trabajo de sus hombres.
A menudo he pensado en esos hombres,
a menudo he pensado en la pobreza
de este país de todos los demonios.
Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
en donde sí que importa un mal gobierno.
Quiero creer que nuestro mal gobierno
es un vulgar negocio de los hombres
y no una metafísica, que España
debe y puede salir de la pobreza,
que es tiempo aún para cambiar su historia
antes que se la lleven los demonios.
Porque quiero creer que no hay demonios.
Son hombres los que pagan al gobierno,
los empresarios de la falsa historia,
son hombres quienes han vendido al hombre,
los que le han convertido a la pobreza
y secuestrado la salud de España.
Pido que España expulse a esos demonios.
Que la pobreza suba hasta el gobierno.
Que sea el hombre el dueño de su historia.
Jaime Gil de Biedma
este país de todos los demonios
en donde el mal gobierno, la pobreza
no son, sin más, pobreza y mal gobierno
sino un estado místico del hombre,
la absolución final de nuestra historia?
De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.
Nuestra famosa inmemorial pobreza,
cuyo origen se pierde en las historias
que dicen que no es culpa del gobierno
sino terrible maldición de España,
triste precio pagado a los demonios
con hambre y con trabajo de sus hombres.
A menudo he pensado en esos hombres,
a menudo he pensado en la pobreza
de este país de todos los demonios.
Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
en donde sí que importa un mal gobierno.
Quiero creer que nuestro mal gobierno
es un vulgar negocio de los hombres
y no una metafísica, que España
debe y puede salir de la pobreza,
que es tiempo aún para cambiar su historia
antes que se la lleven los demonios.
Porque quiero creer que no hay demonios.
Son hombres los que pagan al gobierno,
los empresarios de la falsa historia,
son hombres quienes han vendido al hombre,
los que le han convertido a la pobreza
y secuestrado la salud de España.
Pido que España expulse a esos demonios.
Que la pobreza suba hasta el gobierno.
Que sea el hombre el dueño de su historia.
Jaime Gil de Biedma
miércoles, 9 de septiembre de 2015
Y como lo prometido es deuda, ahí va la historia.
Durante los años 50, se situaban en Claudio Moyano y Alfonso XII unas mujeres con un cascabel en la muñeca. Estas mujeres tenían como objetivo captar clientes. Luego, se internaban en la oscuridad del Parque del Retiro (como bien sabemos, la oscuridad propicia por igual el amor y el delito —si acaso no son lo mismo—) y allí marturbaban a sus clientes. Las mujeres recibían magra paga por arduo trabajo (es de suponer que un joven atildado y hermoso no precisaba de tal negocio). Son las pajilleras de la Cuesta de Moyano. De ahí la canción de Pepa Flores (que la muerte no me coja en este tira y afloja de dar amor con la mano). Buscando en la Red, he encontrado un chat en el que se hablan de ellas e incluso se incluyen unas fotografías (el enlace: macuarium). A ello debemos otorgar, entonces, la fe de tales fuentes. Sin embargo, me comprometo a seguir investigando. Si, a pesar de la fragilidad de las fuentes, me atrevo a subir esto al blog es con la certeza de que, si no son ellas, fueron muy parecidas. Vaya, por lo tanto, en su recuerdo:
Un regalo: Bocca di rosa, de Fabrizio de André:
De La Celestina, de Fernando de Rojas (edición del profesor Julio Rodríguez Puértolas, Madrid, Akal, 1996), copio dos intervenciones en las que dos mujeres (la prostituta Areúsa en el primer caso; la propia Celestina en el segundo) defienden la prostitución como forma de independencia:
AREÚSA: Así goce de mí que es verdad; que estas que sirven a señoras ni gozan deleite, ni conocen los dulces premios de amor. Nunca tratan con parientes, con iguales a quien pueden hablar tú por tú, con quien digan: ¿qué cenaste?; ¿estás preñada?; ¿cuántas gallinas crías?; llévame a merendar a tu casa; muéstrame tu enamorado; ¿cuánto ha que no te vio?; ¿cómo te va con él?; ¿quién son tus vecinas?, e otras cosas de igualdad semejantes. ¡Oh tía, y qué duro nombre e qué grave e soberbio es «señora» continuo en la boca! Por esto me vivo sobre mí, desde que me sé conocer; que jamás me precié de llamarme de otro, sino mía. Mayormente destas señoras que agora se usan. Gástase con ellas lo mejor del tiempo e con una saya rota, de las que ellas desechan, pagan servicio de diez años. Denostadas, maltratadas las traen, continuo sojuzgadas, que hablar delante dellas no osan. E cuando ven cerca el tiempo de la obligación de casarlas, levántanles un caramillo: que se echan con el mozo o con el hijo; o pídenles celos del marido o que meten hombres en casa, o que hurtó la taza o perdió el anillo; danles un ciento de azotes y échanlas la puerta fuera, las faldas en la cabeza, diciendo: «¡Allá irás, ladrona, puta; no destruirás mi casa e honra!» Así que esperan galardón, sacan baldón; esperan salir casadas, salen amenguadas; esperan vestidos e joyas de boda, salen desnudas e denostadas. Éstos son sus premios, éstos son sus beneficios e pagos. Oblíganse a darles marido, quítanles el vestido. La mejor honra que en sus casas tienen es andar hechas callejeras, de dueña en dueña, con sus mensajes a cuestas. Nunca oyen su nombre propio de la boca dellas, sino: ¡puta acá, puta acullá!; ¿a dó vas, tiñosa?; ¿qué hiciste, bellaca?; ¿por qué comiste esto, golosa?; ¿cómo fregaste la sartén, puerca?; ¿por qué no limpiaste el manto, sucia?; ¿cómo dijiste esto, necia?; ¿quién perdió el plato, desaliñada?; ¿cómo faltó el paño de manos, ladrona?, a tu rufián lo habrás dado; ven acá, mala mujer: la gallina habada no aparece, pues búscala presto, si no en la primera blanca de tu soldada la contaré. E tras esto mil chapinazos e pellizcos, palos e azotes. No hay quien las sepa contentar, no quien pueda sufrirlas. Su placer es dar voces, su gloria es reñir. De lo mejor hecho, menos contentamiento muestran. Por esto, madre, he querido más vivir en mi pequeña casa, exenta e señora, que no en sus ricos palacios, sojuzgada e cautiva.
(IX Auto)
CELESTINA: ¿Quién so yo, Sempronio? ¿Quitásteme de la putería? Calla tu lengua, no amengües mis canas, que soy una vieja qual Dios me hizo, no peor que todas. Vivo de mi oficio, como cada qual oficial del suyo, muy limpiamente. A quien no me quiere no le busco; de mi casa me vienen a sacar; en mi casa me ruegan.
(Auto XII)
martes, 8 de septiembre de 2015
martes, 18 de agosto de 2015
Buquinistas a orillas del Sena
¿Qué es un buquinista?
Cortázar —Montparnase—, correr, lluvia, chocolate negro, comprar libros viejos, escuchar a Paco Ibáñez: París.
domingo, 16 de agosto de 2015
Velintoniada
Quanto
aquí vevimos, en ageno moramos;
la ficança durable suso la esperamos;
la nuestra romería estonz la acabamos,
quando a Paraíso las álmas envïamos.
Gonzalo de Berceo, Milagros de Nuestra Señora (edición de Michael Gerli), Madrid, Cátedra, 1997 (9ª edición)
la ficança durable suso la esperamos;
la nuestra romería estonz la acabamos,
quando a Paraíso las álmas envïamos.
Gonzalo de Berceo, Milagros de Nuestra Señora (edición de Michael Gerli), Madrid, Cátedra, 1997 (9ª edición)
El librero realiza su primer pergamino. Valle Camacho, la maestra,
atenta al milagro
Taller de caligrafía medieval impartido por Valle Camacho en Hospedería La Calera (San Millán de la Cogolla)
Las vacaciones de los libreros...
Formas nuevas de llegar al camino viejo. Por medio de un poeta (tenía que ser, claro) nos enteramos por Facebook de la convocatoria de un curso de Caligrafía medieval (aunque a estas alturas ya debería decir y digo: de gótica bastarda) impartido por Valle Camacho (a quien no tenía el gusto de conocer). Las tres sesiones del mismo se desarrollarían (se desarrollaron) en San Millán de la Cogolla, nada menos. ¿Qué mejor forma de pasar unos días para dos bibliómanos, bibliógrafos? No se me ocurre ninguna. Allá nos fuimos. Buena gente, entorno mágico, buen vino, curso sorprendente... Nostalgia. Ganas de repetir. Nos vemos en Moyano.
lunes, 10 de agosto de 2015
Velintoniada 1
Ya saben que Velintonia se dedica a la compra-venta de libros. La mayoría de nuestro catálogo está formado por libros de segunda mano, lo cual no obsta para que podamos recomendar libros que, por causas diversas, nos puedan parecer interesantes. Rendijas de bibliófilos, bibliómanos o simples curiosos. Éste es el caso de dos libros sobre los que escribe un lúcido (aunque breve) artículo David Becerra en La Marea (aquí)
Nota bene: muy cerca de la Cuesta de Moyano hay librerías amigas en cuyos catálogos pueden encontrar estos libros: Traficantes de sueños, Contrabandos, Dalcó
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