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martes, 18 de agosto de 2015

Rafael Reig escribe sobre Rafael Chirbes:

Por desgracia, nunca fui amigo de Rafael Chirbes, aunque coincidí con él en un viaje a México y me deslumbró. Perdimos una conexión y tuvimos que hacer noche en un hotel del aeropuerto. A la mañana siguiente, me despertó para decirme que en su habitación había una mancha de sangre. Montó una novela perfecta con aquella gota que no sé si sería de sangre o de esmalte de uñas. Al ir a desayunar, me dijo que fuéramos a la sala VIP. Le dije que yo tenía billete de turista y, de inmediato, me invitó a tomar en una cafetería unos huevos rancheros con tequila. Era un hombre generoso con su tiempo, con su prestigio, con su inteligencia. Conmigo perdió horas tomando tequila, contándome cosas, enseñándome, dándome consejos y hablando de todo, casi siempre en la compañía, inmejorable, de Valerie Miles.

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lunes, 17 de agosto de 2015

A la primera hija (tardía, la guerra se les había comido la juventud), que nació en 1945, le puso de nombre Alicia. Hacía apenas un año que él había salido de la cárcel, con la pena de muerte conmutada por la de prisión durante treinta años, de los que sólo había cumplido cinco, pasando al régimen de libertad vigilada, gracias a que las cárceles estaban tan llenas y hacía falta tanta mano de obra que el Estado no podía permitirse mantener entre rejas a aquel montón de gente [...] A su mujer le extrañó que él se empeñara en ponerle a la niña el nombre de Alicia, que no se correspondía con el de ningún miembro de la familia, y seguro que no lo hubiese aceptado de saber sus razones. "Pero ¿qué le vamos a dar a esta criatura?, ¿qué futuro le espera?, dijo don Vicente [Tabarca] cuando se enteró del embarazo de su mujer y de que estaba dispuesta a tener el hijo. Y, meses más tarde, cuando, recién nacida la criatura, la tuvo entre sus brazos, siguió pensando lo mismo. Que era poco menos que una irresponsabilidad traer a alguien al mundo cuando él no tenía trabajo, y ni siquiera sabía si, en una de aquellas visitas a la jefatura, lo dejarían allá dentro o volverían a trasladarlo a la prisión. Pensó: "Pobre niña, te traemos al país de las maravillas", y decidió, en un rasgo de ironía, que le pondría el nombre de Alicia.
 
Rafael Chirbes, La larga marcha, Barcelona, Anagrama, 1996
 
 
 
¡Ay muerte!, ¡muerta seas, muerta e malandante!
Mataste a mi vieja, ¡matastes a mi ante!
Enemiga del mundo, que non as semejante,
de tu memoria amarga non es que non se espante.
                      
Non catas señorío, deudo nin amistad,
con todo el mundo tienes cotidiana enemistad;
non hay en ti mesura, amor nin pïedad,
sinon dolor, tristeza, pena e gran crüeldad.
    
Enemiga del bien e del mal amador,
natura as de gota, del mal e de dolor;
al lugar do más sigues, aquel va muy peor,
do tú tarde requieres, aquél está mejor.
          
Tú yermas los poblados, pueblas los cementerios,
rehaces los fosarios, destruyes los imperios;
por tu miedo, los santos hicieron los salterios:
sinon Dios, todos temen tus penas e tus lacerios.

¡Ay! Mi Trotaconventos, mi leal verdadera,
muchos te seguían viva, muerta yaces señera;
¿a dó te me han llevado? Non se cosa certera: 
nunca torna con nuevas quien anda esta carrera.

Juan Ruiz: Libro de Buen Amor

domingo, 16 de agosto de 2015

Por la noche, ya en casa, leía bisbiseando y siguiendo con el índice el trayecto de las diferentes líneas impresas, como si tuviera miedo de perderse entre ellas. Adela, su mujer, y Ana, la hija, cosían en sillas bajas cerca de él, y él leía inclinado sobre la sábana impresa del periódico con una atención desmesurada. Algunas noches era la hija la que se encargaba de leerle. Raúl entornaba los ojos y escuchaba las noticias, pidiéndole de vez en cuando que repitiese algún párrafo cuyo sentido se le había escapado. Se sentía orgulloso de Ana. Él le había enseñado las primeras letras, pero muy pronto la niña había aprendido a pronunciarlas con una entonación cuidadosa, segura, uniéndolas hasta formar palabras y destacando algunas palabras y haciendo que otras fluyeran de manera imperceptible. También dibujaba de modo notable, y bordaba, y con doce años ya hacía labores para el vecindario y traía algún dinero a casa y le llevaba las cuentas de la economía doméstica a la madre. Raúl se entretenía ojeando los cuadernos cuadriculados que ella coloreaba hasta conseguir las figuras que luego bordaba en la tela: los patitos amarillos y las cestas llenas de flores, las frutas, las casitas de tejas rojas y puertas azules con que adornaba las sábanas, las almohadas, las batas y baberos de los recién nacidos; las letras entrelazadas destinadas a marcar los ajuares de quienes iban a casarse, o las pecheras de algunos vestidos y los bolsillos de camisas y pijamas, o los ángulos de los pañuelos.
 
Rafael Chirbes, La larga marcha, Barcelona, Anagrama, 1996
 
 
Sit tibi terra levis.